En 1894 un jovencísimo Manuel Machado da sus primeros pasos literarios de la mano de su amigo Enrique Paradas. Éste último, bohemio, casi desconocido, fue descrito por el propio Machado muchos años después como: “…el mejor autor de cantares que ha habido en España. Millonario a los veinte años; cochero de punta… a los veinticinco. Y luego, nada y todo: cómico, maestro de escuela, comisionista, fotógrafo ambulante… Cuando yo lo conocí […] estaba de partiquino en la compañía del Teatro Español. Con un poco de paciencia habría resultado un actor excelente […]. Y esto ocurrió a Paradas, cuyas coplas, en su mayoría, fueron a parar al mar de la poesía popular. Y no encontraron, sino pocas —¡oh, crítica española!— un pescador que de allí las sacase para reivindicar el nombre de su autor…”
Por entonces ambos se dedican a componer una serie de cantares originales inscritos en la corriente neopopularista, que destacan por la asimilación de los rasgos más característicos del cante hondo andaluz en la recreación de sus coplas flamencas. Buena parte de ellos se habían publicado antes en La Caricatura y en otros periódicos.
En tristes y alegres Paradas conduce por el sendero del paisaje primaveral andaluz, el folclore y las bellezas morenas a un joven Machado que da rienda suelta a un sentimiento de lo popular que tiene su raíz en la influencia de su padre, que impulsaba los estudios de folclore en España al tiempo que coleccionaba coplas.
Son las suyas unas composiciones de corte folclórico-andaluz que no perduran en su poesía posterior, pero que a pesar de ello no deben ser tratadas como una poesía fútil, sino como antecedentes poéticos de su obra madura. Aquí se prefigura el Machado modernista. Son versos en los que incluso podemos apreciar un primitivo y todavía difuso germen de su célebre Cantares, con el que comparte los lugares comunes de la copla con referencias a Andalucía, los ojos negros o el lamento.








