Es éste quizás el libro más extraño, raro y polémico de la bibliografía de Federico García Lorca; sin que, por ello, deje de ser una de sus obras maestras, hasta el punto de que, hoy en día, es el texto más traducido y difundido del idioma gallego.
Es extraño porque Lorca, un poeta de finas y arraigadas raíces andaluzas, sintió auténtica devoción por el paisaje gallego, las costumbres, los cancioneros medievales y los poemas de Rosalía, Curros Enríquez y Eduardo Pondal.
Tal admiración le llevó a entablar amistad con toda una generación de escritores y artistas gallegos que, de manera más o menos solemne, en algún momento le debieron plantar el desafío de escribir en esa lengua.
Sabemos que a la vuelta de un viaje a Santiago de Compostela en 1932 Lorca ya ha tomado la decisión; Madrigal a ciba de Santiago aparece publicado en el número de otoño de ese año de la revista Yunque; y que cuando vuelve de América en 1934, tras su apoteósico recibimiento por los gallegos bonaerenses, ya trae consigo el grueso de la obra.
Es raro porque la tirada de Seis poemas galegos apenas superó los doscientos ejemplares y fueron muy pocos los que sobrevivieron al saqueo de los fascistas en agosto del 36; aunque dada su importancia serían rápidamente incorporados a sus obras completas y reeditados y traducidos por todo el mundo.
Y, por último, es polémico porque son varias las teorías que circulan sobre la auténtica realidad de su génesis.
Parece claro que para componer los poemas Lorca tuvo la inestimable ayuda de Eduardo Blanco Amor y Ernesto Guerra da Cal. El alcance de estas ayudas es lo que suscita más controversia, pues se ha especulado al respecto desde la simple revisión ortográfica hasta auténticas contribuciones poéticas.
Blanco Amor afirma en el prólogo que la autoría de los poemas no tiene otro origen que el genio del autor granadino. Sin embargo, Guerra da Cal apuntaría con posterioridad que Federico los escribió en castellano y él los tradujo al gallego.







