Pertenece Diego San José a esa prole de precoces y fecundos escritores que, asediados por las dos generaciones más rimbombantes de la literatura española: la del 98 y la del 27, respiraron a través de publicaciones populares que, si bien no alcanzarían la calidad y el aura de los generacionales, sí lograron aplauso y popularidad entre el lector común.
Su actividad literaria es impetuosa, escribe para varios medios de prensa y llega a publicar en sus inicios multitud de novelas cortas que luego extendería con una literatura de naturaleza costumbrista e histórica, sin duda, de corte arcaizante.
De talante liberal, fue enemigo de González-Ruano, y aunque no se definió políticamente con rotundidad durante la Guerra Civil, al final de esta fue condenado a la pena de muerte, de la que curiosamente le salvó Millán Astray al confesarse como un gran admirador de su obra.
Aunque no se distinguió especialmente por el cultivo de la poesía, una de sus mejores obras es este tomito prologado en verso por Carrere, quien a partir de aquí lanzó su carrera de escritor.
Rufianescas son versos de rotundos sonetos que nos trasladan al siglo de oro con la virtud de que juglares, aventureros y pícaros no forman parte de una copia de género, sino un trato fresco de aquel estilo literario.








