Se puede decir de Dámaso Alonso, uno de los poetas más pulcros y excelso erudito de la poesía española, que vivió a lo largo del convulso siglo XX sin hacer demasiado ruido. Refugiado al principio de la Guerra Civil en la Residencia de Estudiantes, más por cuestiones familiares que ideológicas, mantuvo durante la misma una prudente simpatía por los republicanos desde su casa de Valencia mediante su colaboración en Hora de España, que llegó a ser tan discreta que le permitió permanecer en España tras la guerra sin mayor contratiempo.
Magnífico ejemplo de exilio interior dio a la luz un fantástico poemario pasional teñido de experiencia, en el que por primera vez en posguerra se canta contra el horror del momento levantando la voz al proclamar que “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”.
Poemas puros. Poemillas de la ciudad es su primera y gran obra de juventud en la que navega entre el modernismo español, el simbolismo francés, la esencia juanramoniana y la simbología de Antonio Machado, sin renunciar a ciertos guiños para con la estética ultraísta. Son poemas de técnica y contenido muy maduros, reflejo de muchas lecturas, pero con voz propia, de fondo pesimista y melancólico que contrasta con la estética formal vanguardista más conforme con su edad. Destacan por la ternura y limpieza con la que el poeta contempla el mundo, lo que les otorga la pureza con la que se anuncian.








