Cualquier cosa que se diga de Ramón Gómez de la Serna puede ser cierta, pero lo que es indudable es la genialidad que empieza a demostrar desde muy joven.
Este inventor de la greguería escribió desmesuradamente en cualquier género, menos la lírica en verso, difuminando las fronteras que habitualmente separan unos de los otros. Ramón irrumpe como ensayista siendo un adolescente exhibiendo una actitud combativa con su obra Entrando en fuego en la que reivindicaba un «más allá» que años después tomó la forma del ultraísmo. Aunque en un principio carece de seguidores, sigue publicando en su revista Prometeo ensayos que propugnan y a la vez ejemplifican la rebeldía moral y literaria
Mis siete palabras, opúsculo redactado en tono agresivo, marca la línea de acción dogmática para su teoría del arte. Se trata de un texto en el que plantea su rechazo a las leyes de la lógica cotidiana que se opone a la fragmentación de la realidad y a la libre asociación de esos fragmentos, que serán uno de los principios básicos de sus famosas greguerías.
Juega con las siete palabras de Cristo en la cruz, arrogándose el papel de mártir para salvarnos, mostrándonos el camino revelador del poder creativo del artista, que no es otro que el de deshacer y derrocar la moral constituida y el sistema de valores oficial.
Estas breves separatas que forman parte del tramo iniciático de su obra son muy raras y buscadas.







