Primer libro publicado por Juan Gil-Albert cuando apenas tenía 23 años.
Se trata de una colección de relatos de distinta extensión que el autor costeó de su propio bolsillo y que ilustró Manuel Redondo.
Reúne varios cuentos de carácter marcadamente literario y simbólico. No se engloban en una unidad argumental, aunque todos respiran una atmósfera común.
Tiene como modelos a Valle Inclán, Oscar Wilde o Gabriel Miró.
En sus páginas domina la evocación que combina acertadamente con la reflexión y la crítica.
Su refinada prosa está decididamente destinada a la búsqueda de la belleza. Aunque no rehúye la anécdota o el realismo, éste siempre queda supeditado a una estética clásica de tradición grecolatina que canta a la vida, a la belleza, a los mitos y al paso del tiempo.
El lujo sensorial y la sublimación de la belleza se buscan mediante referencias históricas y alusiones a mitos culturalistas que lo alejan de la aventura estética que protagonizaban por entonces sus coetáneos del 27.
A pesar de que la obra cultivó buenas críticas en su momento, el paso del tiempo la fue separando del canon por su alejamiento de la corriente predominante y no ha sido hasta tiempos recientes cuando su obra primigenia ha sido debidamente valorada.










