Humanario

Autor

Julio Cortázar

Año de Edición

1976

Editorial

La Azotea. Buenos Aires

Medidas y estado

76 p. 28 x 27 cm. Cartoné editorial. Buen estado.

850,00

1 disponibles

Paradigma de libro maldito en su génesis y gestación, hoy en día Humanario es un magnífico fotolibro de culto y de dificilísima localización.

Las fotógrafas argentinas Sara Facio y Alicia D’Amico aceptaron en 1966 un encargo del Ministerio de Salud para realizar un trabajo destinado a mostrar el deterioro de los hospitales psiquiátricos de la ciudad de Buenos Aires con el propósito de obtener mayor presupuesto. Todo quedó en un proyecto hasta que, con la idea de que Samuel Beckett escribiera un texto, contactaron con Julio Cortázar, amigo del irlandés y ambos residentes en París, para que les procurara una entrevista.

Cortázar les franqueó el camino hasta el secretario particular de Beckett, pero la empresa se vino abajo porque, paradójicamente, el escritor irlandés acababa de ser ingresado en un psiquiátrico. Las fotografías quedaron en poder de Cortázar hasta que tiempo después Sara Facio se las reclamó.  Él preguntó qué iban a hacer con ellas. Nada, le contestó Sara. Entonces Cortázar les propuso escribir el texto de forma gratuita si se atrevían a publicarlas. A pesar de los reparos iniciales debidos al elevado coste que suponía editar un libro de tales características, las artistas aceptaron el reto para toparse con la inmensa contrariedad de que apenas dos días antes de su publicación tuvo lugar el golpe de estado del general Videla que ordenó el secuestro de toda la edición. Muy pocos ejemplares escaparon del sacrificio y los que lo hicieron se convirtieron en auténticos proscritos.

Humanario es uno de los mejores ejemplos de complicidad entre la fotografía y la literatura. Ambas se complementan, la imagen sugiere historias que las palabras revelan. Nada más abrir el libro encontramos fotografías en las que los pacientes se muestran unas veces absortos, en otras ocasiones distraídos, curiosos o perplejos, pero siempre parecen abandonados. Provocan escalofríos y un estremecimiento inevitable cuando nos sentimos arrastrados a su realidad atormentada.

En el texto, Cortázar encara la conmoción con la sutileza necesaria para vislumbrar lo que hay del otro lado, el lado de la necedad.

Cortázar sostiene que no es más que una convención social que ciertos tipos, profundamente perturbados, sean vistos como bastiones de lucidez.

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