EL HOMBRE QUE HABÍA PERDIDO SU EJE

Autor

Tomás Hernández Franco

Editorial

Agencia Mundial de Librería. París

Año de Edición

1926

Medidas y estado

150p.; 20 x 14 cm Rústica original. Buen estado.

Sin existencias

Tomás Hernández Franco fue un poeta, narrador, ensayista y diplomático dominicano. Vivió en Europa durante los años veinte. Su obra fundamental el poema Yelidá, constituye una de las cumbres de la literatura dominicana contemporánea. Como narrador y ensayista escribió varios textos que lo definen como un intelectual familiarizado con teorías y procedimientos de gran actualidad en su época, y como un cuentista lleno de imaginación profundamente enraizado en su tierra.

En Europa Hernández Franco logró forjarse una sólida formación cultural y literaria. Allí mantuvo estrecha ligazón con intelectuales latinoamericanos y europeos, conoció la poesía francesa, la poesía modernista, las corrientes de vanguardia vigentes en la época. Fruto de todo ello es “El hombre que había perdido su eje”, primera y casi única propuesta narrativa dominicana integrada en las vanguardias surrealistas. Las narraciones que contiene están marcadas por el dadaísmo, el cine y la vida cotidiana de un París de entreguerras, con todos los ingredientes de la “generación perdida”, Hernández Franco se asoma y nos permite vislumbrar la eclosión del industrialismo y sus nuevos actores.  Se trata de una obra amplia y compacta que busca superar las contradicciones que presentan las ideas conscientes e inconscientes, creando historias extrañas o irreales con un lenguaje rupturista.

Uno de sus cuentos, “Un homenaje a Charlot”, podría incluso considerarse como un precedente del “teatro del absurdo”.

Las ilustraciones del libro son obra del gran pintor dominicano Jaime González Colson quien viajó a España para estudiar en la Escuela de la Lonja de Barcelona y en la Academia de San Fernando de Madrid. Posteriormente en 1924 se trasladó a París, donde conoció el cubismo a través de la obra de Georges Braque, Pablo Picasso y Juan Gris. Sin embargo se resistió a esta innovación y pasó un tiempo sin pintar hasta que su amigo Tomás Hernández Franco llegó a París y lo instó a seguir las nuevas corrientes.

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