No es difícil catalogar a Camilo José Cela como el escritor más importante de la posguerra española. Más allá de cánones estilísticos, no cabe duda de que sobresale por su gran dominio del lenguaje enraizado en la cultura popular española y su carácter experimental, innovador y creativo, pero si merece especial distinción es por su labor como recopilador sistemático de materiales folclóricos, lexicográficos y enciclopédicos.
En 1947 publicó el opúsculo El coleccionista de apodos dentro de lo que se llamaría «Cuentos, fábulas, apuntes y divertimentos».
Allí nos encontramos con un copioso repertorio de voces para designar a los naturales de pueblos en Madrid, Segovia, Ávila y Cuenca.
El Premio Nobel viajó incansablemente por toda España guardando un recuerdo imperecedero de los topónimos y gentiles que se escuchaban de boca de sus interlocutores de pueblo. Como detalló en la presente obra, era urgente salvar del olvido a todos estos viejos topónimos y gentiles que constituían uno de los regalos más preciosos que se daban a los españoles.
Parte de esa obra fue dándose en rarísimas publicaciones, prácticamente clandestinas; la presente se limitó a escasos 100 ejemplares.







