Obra fundamental de Pío Baroja que forma parte de la trilogía de La raza. En sus memorias la destacó como la mejor novela que había escrito entre las de carácter filosófico.
La obra es un claro ejemplo de novela de formación de un personaje sobre el que gira el relato. Baroja nos presenta a Andrés Hurtado, a quien va describiendo de manera progresiva a lo largo de la historia de tal manera que el personaje evoluciona al compás del desarrollo de los acontecimientos. A lo largo de dos etapas vitales diferentes, Hurtado busca una orientación para su vida que no termina por encontrar enfrentándose a numerosos dilemas morales que lo obligan a cuestionarse sus propias creencias y convicciones, su lucha por reconciliar sus creencias religiosas con su ferviente deseo de comprender el mundo a través de la ciencia.
El árbol, que aparece como un símbolo recurrente, representa la búsqueda del sentido de la verdad en un mundo aparentemente caótico e indiferente y la eterna lucha del ser humano por encontrar un propósito en la vida.
En torno a Andrés aparecen personajes marginales que revelan la penuria social y cultural en la que España se encuentra atascada, lo que ahonda su pesadumbre por el conflicto que percibe entre sus inquietudes científicas y su frustración ante la realidad social que le rodea.
El pesimismo alcanza su mayor relevancia durante las discusiones filosóficas que mantiene con su tío, que nos desvelan la naturaleza compleja y contradictoria del personaje.
Para conseguir una mejor hondura reflexiva, Baroja se sirve de párrafos cortos de gran riqueza expresiva con una prosa dinámica sin alardes gramaticales o sintácticos que encubran la sencillez. La claridad, la espontaneidad y la precisión son sus armas principales para describir la naturalidad de los ambientes mientras que la profundidad reflexiva otorga a los personajes una personalidad propia fácilmente identificable y trasladable al lector.









