Antonio de Obregón es uno de los escritores españoles menos conocidos entre los novelistas de vanguardia. A pesar de la poca atención académica que ha recibido es una figura literaria extremadamente interesante.
Sus publicaciones en La Gaceta Literaria y la Revista de Occidente y sus críticas teatrales en el Diario Madrid y en El Sol, lo sitúan en el centro del ambiente artístico y cultural en la España anterior a la Guerra civil.
Intervino activamente en los movimientos políticos que condujeron a la proclamación de la República. Participó en el manifiesto de apoyo a Manuel Azaña y llegó a ser secretario del Ateneo de Madrid. En 1935 fundó Producciones Hispánicas, productora a través de la que se filmaron películas para la causa franquista. Formó parte del cortejo de falangistas porteadores del ataúd de Unamuno.
Su narrativa ejemplifica la estética de vanguardia tardía, tanto formal como temática, y de hecho se considera el final de la novela de vanguardia en España.
Algunos críticos han considerado a Obregón frívolo y reaccionario y sus novelas un ejercicio de intelectualismo vacío en una época en la que los conflictos sociales alcanzaban proporciones alarmantes. Sin embargo, tal interpretación sólo puede ser válida si no esquiva lo aparente y se advierte una concepción negativa de cualquier conocimiento objetivo muy cercana al nihilismo.
Efectos navales se concibe como un catálogo de muestras narrativas diversas en el que lo individual, lo impulsivo y lo vital se encierra dentro de una estructura tradicional que el autor desequilibra con un alto grado de metaforización y deshumanización de los personajes.







