Con Divinas palabras, Ramón del Valle-Inclán alcanza una de las cimas más inquietantes y representativas de su teatro. La obra, estrenada en 1920, se sitúa en el corazón de la Galicia rural y profunda, un lugar de pobreza extrema, superstición y crueldad.
La disputa familiar por explotar al enano Laureano como atracción de feria desencadena un torrente de codicia, envidia y violencia.
Las «divinas palabras» que pronuncia el sacristán Pedro Gailo, y que hacen referencia a las que en el Evangelio detienen el linchamiento de la mujer adúltera, aquí no redimen, apenas suspenden por un instante la violencia, revelando la fragilidad de cualquier orden moral o religioso frente a la fuerza de los instintos.
El autor se vale de un lenguaje denso, popular y trufado de gallego y castellano arcaizante para ofrecernos una visión trágica y grotesca de la condición humana, que sitúa a la obra a caballo entre las Comedias bárbaras y el esperpento.
Valle-Inclán, con Divinas palabras, eleva el realismo a sus cotas más sórdidas en la literatura española valiéndose de una estética deformadora que convierte la miseria cotidiana en una poderosa reflexión sobre el ser humano.








