La gallega Sofía Casanova fue una adelantada a su época. Aunque proveniente de una familia de clase media, la desaparición de su padre, que se fue a hacer las Américas sin dejar rastro, la obligó a valerse por si misma desde muy joven en el campo del periodismo y la literatura.
Su matrimonio con el intelectual polaco Wicenty Lutoslawski marcó su existencia. Por un lado, fue un matrimonio desdichado por no haber podido engendrar un hijo varón, fueron padres de tres hijas. Esta circunstancia, aparentemente irrelevante, no lo era para Lutoslawski, que vio frustrados sus deseos de ser el padre del liberador de Polonia que, según sus augurios, nacería de madre extranjera. Por otro lado, la nacionalidad de su marido resultaría providencial para el desarrollo de su carrera periodística. Cuando estalló la primera Guerra Mundial el matrimonio vivía en Polonia. Sofía era enfermera de la Cruz Roja y vivió el conflicto desde el mismo epicentro, lo que, sumado a su hábil manejo de la pluma, la convirtió en corresponsal del frente oriental para el diario ABC.
Posteriormente la guerra la desplazó a Moscú y San Petersburgo por lo que, cuando se inició la Revolución rusa, ella ya estaba allí y podía contar lo que sucedía con la inmediatez de la que otros corresponsales carecían.
De la Revolución Rusa de 1917 es el fantástico compendio de las crónicas de una periodista que, aunque no comulgaba con los bolcheviques por sus métodos terroristas, procura comprenderlos hasta el punto de matizar la mayoritaria opinión burguesa de que sólo se trataba de una banda de asesinos.
Su posterior adhesión al régimen de Franco –debido entre otras circunstancias a los rigores sufridos al quedarse atrapada en la Polonia comunista tras la Segunda Guerra Mundial– han oscurecido injustamente el prestigio de una auténtica pionera del periodismo bélico que fue capaz de entrevistar a Trosky antes incluso de que lo hiciese el famoso periodista norteamericano John Reed.







