El gran Valle-Inclán, eternamente reconocible por la larga barba y su vestimenta en la que nunca faltaba capa, chalina, sombrero y polainas blancas, siempre estuvo íntimamente relacionado con el teatro.
Su interés por la dramaturgia arranca en su juventud y, aunque a menudo se ha tildado su obra hasta cierto punto de antiteatral, nunca se desentiende del género al que se acerca como actor, director, creador y feroz crítico, que en su afán renovador se enfrenta con la mediocre realidad del momento.
Sus inicios son difíciles, marcados por el fracaso y por el accidente que trunca su carrera como actor. Aun así, nunca abandonó su faceta como creador y uno de los ejemplos más representativos son estos Coloquios románticos, donde Valle plasma sobre el papel la obra teatral basada en sus famosas sonatas que estrena en 1906 en el Teatro Princesa. Unas obras que tienen como protagonista a su afamado personaje el Marqués de Bradomín, carlista por estética, feo, sentimental y católico, que despide a su amante la enfermiza Concha para tomar parte en las Guerras Carlistas.









