Lo más decoroso que se ha escrito de la vida de César González-Ruano es que fue un personaje extravagante.
Sin duda fue un hombre cuyo objetivo esencial fue el de vivir por encima de sus posibilidades aun cuando en ocasiones éstas fueron bastantes.
Su desmedida ambición encontró, paradójicamente, su mayor desventura en la virtud de poseer una excelsa y afilada pluma que siempre puso al servicio del mejor postor. Sus crónicas y memorias son insuperables. La Alemania nazi, la Italia mussoliniana y el franquismo acapararon su ingenio y de su suerte surgieron relaciones que allanaron el camino para dedicarse a oscuros negocios y quehaceres.
Uno de aquellos turbios episodios, nunca bien aclarado, determinó su detención y encarcelamiento en París en 1942, más concretamente en la prisión de Cherche-Midi.
A pesar de ser conocido y valorado como cronista, ensayista y narrador, la verdadera vocación de González-Ruano fue la de poeta y aunque su personalidad le granjeó no pocos desapegos y aversiones, sería muy injusto no reconocer hoy que estamos ante un autor que tiene escritas páginas con las más excelsas composiciones de la poesía española del siglo XX.
Aunque no son pocas las que podríamos destacar, la Balada de Cherche-Midi, que tiene su cimiento en aquel episodio que determinó su detención por la Gestapo en el París de la ocupación, es un puñado de alejandrinos salpicados de lejanas reminiscencias wildeanas, arrojados con la violencia del que intenta evadirse de sus angustiosas circunstancias sin renunciar a la esperanza de seguir celebrando la vida.
Versos muy expresivos y melancólicos donde evoca el amor, la amistad y las experiencias pasadas que tras los muros actuales se tornan remotas. Lamentos que convierten metáforas desgarradas en imágenes crispadas y febriles. Angustia que sobrevuela en las abundantes referencias literarias, mitológicas y cinematográficas que el autor es capaz de rescatar de las tinieblas de su detención.







